Pequeña gran amenaza
Una nueva camada de virus desafía la salud. Éste ha sido el año de la fiebre aviar. Combatir estas amenazas es el gran reto de la medicina actual
Extraña paradoja. El hombre, que ha crecido en los últimos 50 años muy por encima de lo que nunca llegara a imaginar, que ha dominado el planeta y se ha propuesto conquistar el espacio, es en fin tan vulnerable que en cuestión de horas puede verse abatido por un microorganismo un millón de veces más pequeño. Los virus constituyen la mayor amenaza que planea sobre la salud del hombre de nuestro tiempo, muy por encima del cáncer, el tabaquismo o los accidentes de circulación.
El cambio climático, la alteración artificial del medio ambiente y el desarrollo de las comunicaciones han traído consigo la aparición de nuevas enfermedades producidas por los llamados ‘virus emergentes’. La medicina contemporánea disputa ahora una carrera contrarreloj para atajar males como el sida, la ‘gripe del pollo’, o la neumonía atípica, enfermedades de origen vírico que pueden ser letales y son consideradas ‘las plagas del siglo XXI’. Lo espinoso del asunto es que a día de hoy resulte tan complejo poner fin a esta amenaza biológica. ¿La razón?: la capacidad de adaptación y mutación de los virus.
Como explicó el pasado miércoles durante una conferencia impartida en CAC Málaga el docente e investigador del Centro Nacional de Biotecnología de la Universidad Autónoma de Madrid y el CSIC, Luis Enjuanes, el origen de las enfermedades emergentes hay que buscarlo en la zoonosis o capacidad de los virus para saltar de una especie a otra.
El caso de las ‘vacas locas’
Baste recordar los casos de BSE o mal de las ‘vacas locas’ que conmocionaron al Reino Unido. La zoonosis se produjo de la oveja al ganado vacuno y de éste al hombre por la ingestión de carne contaminada, como en el caso del sida fue del mono al hombre, en la neumonía atípica de la civeta o en la gripe aviar del pollo. Se deduce por qué en el sudeste asiático radica el principal foco de contagio: «Los mercadillos están a pie de calle, y en ellos hay animales de todo tipo que se consumen sin control sanitario», explicó Enjuanes.
Toda precaución es poca , y es que el fatal patógeno logra pasar de un huésped a otro por simple contacto (caso de las fiebres hemorrágicas tipo Ébola), a través de fluidos corporales (sida) o, como ocurre con la gripe del pollo, a través del aire. Su naturaleza recombinante hace que, en su replicación, cada virus resulte diferente a los demás. Si añadimos la acción del ser humano sobre la naturaleza y la alargada sombra de la experimentación para la guerra biológica, no es de extrañar que cada año la el brote de una enfermedad desconocida protagonice los informativos.
Llegados a este punto los expertos recomiendan no escatimar en prevención. «Hoy día se trabaja en una red mundial de laboratorios, y los avances en terapia génica y bioinformática están siendo capitales. Es esencial estimular una política de prevención medioambiental. Y en investigación habría de incrementarse la inversión en estudios de microbiología básica y diseño de vacunas», argumenta Enjuanes.
La ética interviene
No sólo el cultivo de células madre trae de cabeza a los círculos que velan por la ética en investigación. El diseño de vacunas implica interrogantes éticos que ponen en entredicho la investigación. El primero es la necesidad de experimentar en humanos. No es una práctica carente de riesgos. Recordemos que la vacunación consiste en la inoculación de virus debilitados para hacer que el organismo cree su propia estrategia de defensa si algún día la enfermedad hace acto de presencia. ¿Pero qué pasa si el patógeno consigue infectar el organismo? Los últimos ensayos ‘in vitro’ trabajan sobre virus empobrecidos con las capacidades de reproducción e invasión inhibidas.
Antonia Rodríguez. Publicado en Diario Sur