La sal de la vida

El yodo es un nutriente esencial para el desarrollo, pero su escasez en la dieta preocupa a los endocrinólogos

Consiguió acercar a Alfonso XIII a la región de las Hurdes y hacerle convivir durante cuatro días con el hambre y la miseria, con el paludismo y el bocio. Poco menos que una gesta médica en la España de 1922. Pero cuentan que al final, el reputado médico Gregorio Marañón se rindió en su lucha contra el hipotiroidismo. Incapaz de conseguir que niños y mujeres embarazadas consumieran yodo sistemáticamente, clave para atajar la enfermedad, decidió dirigir su carrera hasta otros campos de la medicina más agradecidos.

Ocho décadas más tarde, la impotencia de Marañón sigue vigente entre la comunidad médica española. Nuestro país ha superado el reto de la lucha contra el hambre, y el paludismo sólo existe en la memoria de nuestros abuelos. Pero el hipotiroidismo (bocio) sigue siendo un mal endémico en España, hasta el punto de afectar a más del 5% de la población. La escasez de yodo en la dieta es aún hoy una consideración que alarma a la comunidad médica, y que en la línea de otros países europeos no parece preocupar a las autoridades sanitarias.

De importancia

El yodo es esencial para el buen funcionamiento de la hormona tiroidea, clave para el desarrollo óptimo del cerebro durante la gestación y, más tarde, en la maduración del sistema neuronal y motor. Los expertos recomiendan una ingesta diaria y continuada de entre 150 y 200 microgramos de este mineral, que en estado natural se encuentra en el pescado, los mariscos, vegetales marinos (algas) y la sal yodada. Y es que el déficit de yodo puede desencadenar una serie de alteraciones en la salud mucho más graves que el simple bocio: una alteración asociada al mal funcionamiento del tiroides que se manifiesta en una hinchazón en la parte anterior del cuello: lesiones cerebrales en el feto, cretinismo, abortos, sordomudez, retraso en el crecimiento deterioro intelectual…Y ante este panorama sólo existe una estrategia clínica: la prevención. «Pocas dolencias son tan dañinas y sin embargo tan fáciles y baratas de erradicar: una política sanitaria basada en la imposición de la sal yodada en los comedores escolares, un cambio en la normativa que prime la producción industrial de esta sal enriquecida y la administración de suplementos de este mineral a las embarazadas conseguiría erradicarlas», asegura el jefe de servicio de la unidad de Endocrinología del Hospital Civil y coordinador de los proyectos de investigación en la materia que se desarrollan desde Málaga, Federico Soriguer.

Informes de la Sociedad Española de Endocrinología (SEEN) revelan que España presenta una endemia de bocio superior al 5%, además de una nutrición de yodo menor a los 100 microgramos, la mitad de la dosis recomendada.

La cuestión preocupa a los endocrinólogos, porque, como demuestran tres estudios realizados por investigadores malagueños, está interfiriendo en el desarrollo intelectual de las nuevas generaciones.

El ejemplo malagueño

Expertos de la unidad de Endocrinología del Hospital Carlos Haya estudiaron entre 1996 y 1997 la incidencia de los trastornos derivados de la yododeficiencia sobre 756 escolares en la comarca de la Axarquía, donde sólo un 26% de las familias consumen sal enriquecida. Los resultados del informe, que aparecieron publicados en la revista médica ‘Thyroid’, asocia la ausencia de yodo en la dieta de los pequeños con cierta dificultad auditiva y un bajo rendimiento escolar. En un segundo estudio llevado a cabo en Jaén, donde la prevalencia del bocio es del 19,8%, 1.107 escolares evidenciaron una clara relación entre su nivel de yodo en orina y el cociente intelectual (4 puntos por debajo de la media). La revista americana ‘Journal Clinical Endocrinology and Metabolism’ publicó recientemente estas tesis.

Entre las mujeres embarazadas, más necesitadas de este mineral para asegurar una gestación sin riesgos, el panorama no es más halagüeño: los médicos de Carlos Haya estudiaron el grado de nutrición de 430 gestantes de dos centros de salud de Málaga (Palma-Palmilla y El Palo), del que se desprendía que dados los bajísimos niveles de yoduria (70 microgramos, frente a los 200 recomendados) las embarazadas requerían de suplementos yodados.

Carencias en la dieta

Se calcula que un individuo sano necesita alrededor de 200 microgramos diarios de yodo en su dieta. El yodo se encuentra naturalmente en los sedimentos marinos, por cuanto pescado y marisco presentan concentraciones del oligoelemento, aunque son insuficientes para el consumo humano.

Los expertos han encontrado en la sal alimentaria un vehículo para su administración, y así una cucharadita de sal yodada cubriría nuestras necesidades diarias de este micronutriente. La cuestión es que sólo una pequeña parte de la sal refinada y de mesa que se comercializa está enriquecida con yodo. Y la reivindicación de los defensores de la yodación universal de la sal chocan con las políticas sanitarias de la mayoría de países europeos.

En la actualidad, una campaña divulgativa que ha sido promovida por Ministerio de Sanidad y Consumo alerta en hospitales y centros de atención de la conveniencia de incluir el yodo en la alimentación. Pero sin mayor apoyo institucional, la responsabilidad sigue recayendo sobre los padres más sensibilizados. Y de sus médicos, que esta vez no parecen dispuestos a claudicar.

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